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Los efectos inflacionarios del conflicto se están manifestando de manera rápida y generalizada en la economía global, creando presiones de precios amplias, principalmente a través de aumentos bruscos en los costos de energía. Con el cierre de facto del Estrecho de Ormuz y una pérdida de aproximadamente veinte millones de barriles de suministro de petróleo por día, los precios del crudo Brent han subido a $109 por barril. Según modelos del Fondo Monetario Internacional, cada aumento sostenido del diez por ciento en los precios del petróleo eleva la inflación general global en cuarenta puntos básicos, mientras que reduce la producción global en 0.1 a 0.2 puntos porcentuales. El shock energético desencadena directamente costos de transporte, logística y producción, llevando a un aumento del quince a veinte por ciento en los precios de los alimentos, particularmente en insumos como fertilizantes y combustibles, amenazando la seguridad alimentaria global y elevando significativamente la inflación al consumidor en regiones dependientes de importaciones.

Mientras que la inflación subyacente en las economías avanzadas gana impulso a través de ajustes salariales debido a efectos de segunda ronda, los países en desarrollo, especialmente los importadores de energía como los de Asia, Europa y Turquía, enfrentan el riesgo de que las tasas de inflación anual superen el cinco o siete por ciento debido a la amplificación de la inflación por importaciones como resultado de la depreciación de la moneda local frente al dólar. Los bancos centrales se ven obligados a mantener políticas de tasas de interés restrictivas o aumentarlas para anclar las expectativas de inflación, pero esto ralentiza el crecimiento económico, aumentando la probabilidad de un entorno similar a la estanflación. La duración del conflicto es crucial; en un escenario a corto plazo, la presión inflacionaria permanece temporal, mientras que en un escenario a largo plazo, las cadenas de suministro se ven interrumpidas, las primas de riesgo geopolítico se vuelven permanentes y la estabilidad de precios a medio plazo se ve seriamente amenazada.

En consecuencia, estas dinámicas están llevando a los gobiernos a tomar medidas como subsidios a los combustibles, liberaciones de reservas de emergencia y paquetes de apoyo fiscal, pero una reducción de las presiones inflacionarias a nivel global solo parece posible mediante una desescalada diplomática del conflicto.
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