Hay momentos en el fútbol que trascienden lo deportivo. Lo que pasó el jueves en el Monumental fue uno de ellos. Marcelo Gallardo se fue, pero dejó una frase que probablemente va a quedar flotando en el aire de ese estadio por mucho tiempo: uno se va, pero no se va nunca. Esa frase de despedida de amor resume perfectamente lo que significa este hombre para River.



El partido terminó 3-1 ante Banfield. Un resultado que casi pasa desapercibido, porque la verdadera noticia no estaba en la cancha sino en lo que sucedió después. Gallardo bajó solo al vestuario, sin sus ayudantes Matías Biscay y Hernán Buján esperándolo en la puerta. Todo de negro, salvo el escudo rojo y blanco que llevaba en el pecho. Se movía como quien ya sabe que algo se cierra.

En la sala de prensa, el Muñeco fue breve. Agradeció a la gente, a los periodistas que lo acompañaron en estos dos ciclos, y luego soltó lo que muchos no se esperaban. Dijo que mañana tal vez estaría buscando a su hijo al colegio por la zona, que no se despedía realmente. Y ahí vino la frase de despedida de amor que los hinchas necesitaban escuchar: voy a estar muy pendiente de lo que pase en este club el tiempo que esté afuera. No es una despedida de verdad. Es una promesa.

La tribuna del Monumental lo sabía. Cuando Gallardo entró a la cancha por última vez en este ciclo, la ovación fue de esas que duelen. Los hinchas silbaron a los refuerzos caros que no rindieron, pero para él solo hubo aplausos. Había un video de casi tres minutos, una bandera que recorría la tribuna San Martín con un mensaje que el propio Gallardo alguna vez escribió: que la noticia no tape la historia.

Pedro Troglio, colega y también producto del Monumental, lo dijo sin vueltas: es el tipo más ganador de la historia. Nadie discute eso. Nadie discute tampoco que esa frase de despedida de amor que pronunció refleja la realidad de su vínculo con River. No es un entrenador que se va. Es alguien que simplemente cambia de dirección pero mantiene el corazón en el mismo lugar.

Lo interesante es que después de 570 días de un segundo ciclo que no dejó los mismos resultados que el primero, Gallardo se va sin amargura. Se va con la certeza de que hizo todo lo que pudo, y que el amor entre él y este club no necesita de un contrato para existir. Eso es lo que quedó en el aire esa noche. No fue solo una despedida. Fue una reafirmación de que hay cosas que trascienden el fútbol, y esa frase de despedida de amor lo resume todo.
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