He estado leyendo bastante sobre este fenómeno de científicos brillantes que de repente empiezan a soltar teorías cada vez más especulativas, y la verdad es que es fascinante desde el punto de vista psicológico. El caso de Avi Loeb con el cometa 3I/ATLAS es probablemente el más mediático ahora, pero es solo la punta del iceberg.



Lo curioso es que Loeb tiene todo para ser creíble: fue profesor en Harvard, tiene una carrera sólida en cosmología teórica. Pero aquí viene lo interesante: cuando se metió a opinar sobre cometas y asteroides, que no es su especialidad, empezó a ver cosas que otros expertos simplemente no ven. Habla de aceleraciones no gravitacionales, de posibles firmas tecnológicas, de naves alienígenas. Y la NASA tuvo que salir rápido a desmentir que el cometa fuera una amenaza o algo extraterrestre.

Lo que me llamó la atención es que Avi Loeb consiguió más fama hablando de especulaciones que en toda su carrera anterior haciendo ciencia convencional. Eso dice mucho del sistema. Hay un patrón aquí: Michio Kaku en física, Robert Lanza con su teoría de la conciencia creando el universo, Eric Weinstein con su supuesta teoría del todo. En España también pasó durante la pandemia con personajes como César Carballo o Fernando López-Mirones. Y más recientemente el neurocientífico Álex Gómez Marín, que tuvo una carrera respetable en neurociencia y ahora publica sobre experiencias cercanas a la muerte basándose en su propia anécdota clínica.

Los especialistas en comunicación científica están bastante preocupados. El problema es que cuando alguien con el título de científico dice tonterías públicamente, la gente le cree. Esa etiqueta vende. Y aunque Avi Loeb es físico, no es experto en cometas, así que comete errores que un especialista real nunca cometería. Pero eso no importa porque el público no siempre distingue esos matices.

Hay varios factores en juego. Primero, el sesgo de confirmación: si crees en una teoría, buscas pruebas que la confirmen. Segundo, la presión del sistema científico actual que valora la visibilidad más que el rigor. Un investigador que publica un resultado espectacular en redes consigue más atención que alguien haciendo ciencia sólida pero menos llamativa. Tercero, hay factores psicológicos: la búsqueda de fama, el deseo de ser iconoclasta, la identificación como outsider que desafía al establishment.

Y luego están los medios. Cuando un periódico importante publica un perfil sobre Avi Loeb hablando de extraterrestres, o cuando Joe Rogan lo invita a su podcast, eso amplifica el mensaje exponencialmente. La sociedad española de neurociencia protestó cuando El País publicó un perfil sobre Gómez Marín porque sabían que eso deslegitimaba el trabajo de miles de investigadores serios.

Dan Schreiber, que escribió sobre esto, lo explicó bien: la gente quiere oír lo que estos científicos dicen. Unos quieren creer que vienen extraterrestres, otros quieren confirmación sobre la vida después de la muerte. Es más atractivo que la realidad compleja de la ciencia convencional. Y cuando finalmente un académico se atreve a decirlo públicamente, mucha gente lo ve como validación.

Lo irónico es que Darwin esperó 20 años antes de publicar sus ideas. Ahora los científicos se apuran a lanzar especulaciones sin haber hecho el trabajo riguroso. Y una vez que alguien con credibilidad académica lo dice, los teóricos de conspiración agarran eso y lo usan: "Mira, hasta un profesor de Harvard lo confirma".

Nosotros como lectores y como sociedad también tenemos responsabilidad aquí. Es fácil compartir la teoría sensacionalista que la información rigurosa. Pero si queremos que la ciencia siga siendo una fuente confiable de conocimiento, tenemos que ser más críticos con estos perfiles que abandonan el rigor. No es atacar a la ciencia, es defenderla.
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