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Acabo de leer algo que me explica perfectamente lo que siento cada vez que me acerco a ese cactus en el balcón. No es paranoia, es miedo clorofílico.
Todo empezó cuando una Opuntia carnosa que me regalaron hace poco comenzó a atacarme sin razón aparente. Cada vez que paso cerca, sus espinas diminutas se me clavan en las pantorrillas como si tuviera vida propia y mala intención. Un jardinero me explicó que no dispara, que es solo electricidad estática y corrientes de aire, pero yo sigo convencido de que me mira con cara de pocos amigos.
Luego descubrí el libro Gótico botánico, una antología de cuentos donde la naturaleza no es ese edén romántico que todos imaginamos. Acá el jardín es oscuro, tenebroso, tan siniestro como una mansión victoriana. Y aquí está lo fascinante: los árboles, plantas y hongos no son estáticos como creemos. Según Stefano Mancuso, esas plantas animada que vemos quietas en una maceta en realidad se mueven, tienen emociones, tienen pensamientos. Nos ganan por afano, literalmente.
Hawthorne usó una rosa como emblema de la juventud perdida. Roald Dahl imaginó el grito desgarrador de una flor cortada por capricho. Eudora Welty narró cómo un remanso muda en furia. Todos entendieron algo que la ciencia confirma: esa planta animada que tenemos en casa no es un objeto inerte, es algo vivo que nos observa.
Patricia Esteban Erlés, la autora del prólogo, lo resume bien: una orquídea aparentemente inofensiva despierta una sensación inevitable de temor en nosotros. Y si la planta carnívora es terrorífica en las caricaturas, imaginarme en las fauces de un potus me provoca tanto pavor como ser devorado por una ballena.
Lo que más me impactó es que hay trescientas mil especies de plantas catalogadas en la tierra y el mar, y se cree que muchísimas más todavía no integran ninguna taxonomía. Son el 99,7 por ciento de la vida del planeta. Mudos y sumidos en una quietud casi total, los vegetales parecen aproximarse más al objeto inerte que a un depredador, pero en la literatura gótica cobran vida de repente, como esos muñecos de terror.
Ahora cada vez que salgo al balcón me pongo pantalones largos. Conviene ser precavido y no acercarse mucho al verde. Es verdad que no ladra, y en teoría tampoco muerde. Pero ese cactus sigue mirándome fijo.